Las cosas por su nombre.

La casualidad ha querido que volviese a las andadas de una forma muy similar a lo que ya era, supongamos que la vida va de eso: de reinventarse y evolucionar – nunca dicen que para ello no hace falta dejar de hacer las cosas que te gustan, ojo -.

No sé que hago aquí, la verdad. Y no lo digo por ser sincera con vosotros sino porque al final harta mentirse a una misma, aunque sea en las cosas más sencillas. No tengo ni idea de que espero de esto pero sí lo que no espero. Obviamente no espero que un cazatalentos llegue a parar aquí y me dé un sueldo de por vida por escribir gilipolleces – os tengo que decir que ni lo espero ni lo quiero, en primer lugar porque escribir bajo presión me estresa y, en segundo lugar, no me nace en absoluto escribir sobre algún tema que me importe una mierda. Tampoco espero que nadie me lea – aunque si lo hacéis, sois bienvenidos, no voy a negaros que os regocijéis en la mierda conmigo, ¿a quién no le agrada compartir lodo vital? – a pesar de que un blog se cree para eso. Dígamos que es un proyecto de vida, ¿no? Como un rescate a mano armada – con tinta y papel (o en su defecto, un teclado manchado de cosas pegajosas, jeje) – y también un desafío a aquellos que pretenden callar mi voz – que los hay, ojo, poca broma con esto -.

Con las cosas claras y el chocolate espeso, doy por inaugurado el blog más fósil y realista que he dirigido hasta la fecha. Dixit. Buenas tardes, arqueoptéricos.

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