Lección de vida #2.

Caían cenizas de un cielo rojo de verano. Apuraba el tabaco en su pipa mientras un viento de bochorno , de esos que arrastra el calor desde el suelo hasta el alma, le hacía compañía en el balcón. Hacía años que había perdido la sensibildad en las manos pero aún se empeñaba en acariciar los pétalos secos que coronaban un mustío rosal; en la otra mano sostenía un whisky on the rocks al que daba vueltas mientras una sonrisa vacía se perdía entre los simétricos bloques helados. Yo le miraba desde el umbral de la puerta e imaginaba a Sabina y me preguntaba cuantas noches le quedarían a él para volver a recordar.

Se quedaba ahí, quieto, observando la calle desde la décima altura aún teniendo vértigo. Memorizaba el color de cada vehículo, se inventaba historias sobre los viandantes que veía desde su escondrijo y no tuve jamás el valor de decirle que no conoció a ninguna de aquellas personas. Supongo que, en el fondo, yo también era partidaria de conformar una realidad que se ajustase a mis ojos.

Un día, recuerdo, íbamos en un autobús repleto de gente y el reloj marcaba las diez y cuarto de la mañana. Él siempre decía que al mercado había que ir pronto porque sino siempre se llevaban los mejores atunes y acabamos comprando de todo menos pescado, porque ¿para qué quería él pescado si su memoria ya no se podía arreglar? Me entristecí al observar como su mirada se iba y venía, me agarraba la mano para que no me perdiese pero ambos sabíamos que lo que él temía era no llegar a encontrarse.

La última vez que le vi apenas recordaba mi nombre pero siempre conseguía sorprenderme. Sus ojos tristes enmarcados por unas languidas ojeras jugaban al desconcierto al son que sus sanas palabras. No le volví a ver nunca más.

“Me gusta no recordar absolutamente nada, así no me acuerdo de a qué tuve miedo alguna vez.”

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714 razones.

Once y cuarenta y un minutos.

La cafeína aún ronda mi estómago. Hacía mucho tiempo que no escribía para nadie. Pero hoy he visto en el suelo un reflejo de luz, me ha recordado a las cosas que nunca digo, pero ahí están.

Y he pensado en ti.

En lo rota que estaba antes de que llegases. Y en las setecientas catorce razones que me das para no querer que te vayas.

Y sé cuanto odias las cosas bonitas, y tú sabes cuanto odio tener que callarme.

Cedo.

No me importa esta vez ni me duele.

Razón 1 de 714 para no querer que te largues. Eres la única persona en el mundo con la que me atrevo a hacer lo que con nadie: dejar de hablar.