Semáforos.

Me gusta salir de casa con una secuencia tuya en mi cabeza,
atravesar la ciudad con los ojos cerrados, a voluntad,
escuchando en repeat una canción cualquiera y notar que soy una luz
que podría atravesar los coches, los muros y la mayoría de almas,
mientras se pixela la imagen mental
en rojo, verde o ámbar,
colores que vibran, eléctricos, bajo mis ojos apretados
mientras que me pierdo, contigo, en una risa muda, entre los claxones,
las luces largas que me advierten
que sin ti,
sólo soy una sombra atropellada.

El lenguaje obsceno del amor.

Átame a los pies de tu cama, dame de comer solamente de tu mano. Enséñame algo que duela más que el olvido. Ponte la camisa de los sábados cualquier día y déjame oír como te marchas. No vuelvas hasta mañana y que tu ausencia sea también la falta de mí misma.

Hazme promesas, háblame de hipotecas, de columpios, de noches de pijama y sofá, de besarnos hasta las tantas de los tontos, de dietas absurdas ricas en fibra y yo, yo te hablaré de aquel Octubre frío en el que mis padres me llevaron a Eurodisney y que nunca más, después de aquello, he vuelto a sentirme princesa hasta que tú me llamaste reina.

Abofetéame, traza un camino de lunares de tu cuello a la espalda para que arañe mil constelaciones. Sigue un laberinto de pecas con tu boca hasta mi coño y déjame perderme a mi manera. Hazme ladrar, súbeme la falda hasta las nubes y bájame las bragas hasta el infierno. Mánchate los dedos con mis orgasmos y házmelos lamer, como si mi deseo no conociese de anatomía – y no lo hace – porque mi boca ya no conoce lugar mejor para besar que tu boca, porque no existe la palabra “límite”.

Secuestra a mis palabras, pide un rescate imposible, mata a mis musas,
a todas,
métete dentro del espejo del baño, que solo en tus ojos se aguanta mi mirada.
Exígeme más postdatas de piel, que mi garganta no sepa decir tu nombre sino te amo.

Azótame, hazme poeta de nuevo, duéleme más dentro, más intenso, ámame profundo, menos dócil y déseame como nunca, para siempre. No perdones mis errores, llévame de la mano, róbame el espacio, los minutos, clava tus colmillos en mi pecho y que cada paso que te alejes sea una herida más.

Y no me quieras todavía,
ámame mientras tanto.

Azfizia, con z.

Asfixiarme es alejarme de tu boca.
Suena horrible pero así es la incercia cuando estoy sin ti.

También puedo decirte cómo es el cielo, aunque me lleven la contraria los guiris que piensan que “vacaciones” es sinónimo de “vivir”.
JÁ, como si hubieran estado contigo.
Como si el azul del cielo, lo profundo del océnao o dos niños jugando a saltar las olas se pudiesen comparar a verte sonreír después de robarte un beso.

Respirar lejos de tu boca es insultar al mismo viento.
Respirar lejos de tu cuello es como soplar las velas de cada año que no pasé contigo
– como descumplir todos los deseos de golpe -.
Horrible, como toser en un suspiro.

Entonces, cuando te tengo cerca,
vuelvo a respirar,
respirar de verdad,
aunque me falte el aire.

y de repente, tú.

Nos conocimos
a las 21:37 de la noche
o, al menos, eso marcaba
el reloj de la parada.

llevabas máscara
y yo fingía no mirarte,
no morirme por ver tus ojos,
de cerca.

Y me da igual, ahora
si te inventas la mayoría (todas)
de las letras de las canciones
– incluso me gusta –

Y, ahora, después de la primera noche,
de tenerte en todos los portales
y de que la luna se instale en mi pecho;

después de mis caras absurdas,
del corazón que latió ocho veces
por cada ocho segundos,
sé que he vuelto a ese día
(todos los días)
y te he mirado a los ojos, de cerca,
y creo que nunca había sido
tan feliz.

Día uno después de.

El sonido de una ambulancia atraviesa el alba. Y no sé si se acerca o se aleja. No sé si estoy de fiesta y me recogen de mi realidad etílica o si la he oído pasar dirección catástrofe.

Nos despedimos, al día siguiente madrugabas. Sonaba “Creep” de Radiohead desde el balcón en penumbra que coronaba mi acera. Yo garabateaba algunos versos sobre un papel arrugado. Decidí quedarme escribiendo hasta que se apagasen las farolas de mi Septiembre extraño. Me tomé la eterna penúltima cerveza para celebrar en soledad haberte encontrado.

La caligrafía no tenía ni un rasguño de rabia.

Entonces, volviste y el balcón bajó la persiana. Sonreí.