Lección de vida #4

Últimamente me siento frente a la pantalla a demonizar mis experiencias. Desahogar en unas líneas todo lo que me está pudiendo por dentro; muchas veces no lo consigo porque soy incapaz de dejar atrás la fe que me incita a creer en las personas y aplaco a todas las musas que, frenéticamente, me recorren porque siento que no merece la pena malgastar el tiempo en abrir unas cuantas mentes apoltronadas tras sus muros. En este invierno, más frío de lo que me gustaría admitir, el viento golpea fuerte en las ventanas, dando vuelo a esta sensación de desasosiego que empieza a pesar como una roca fría, doliente, sobre mi espalda. Y es que cada día me cuesta más lidiar con el mundo y sus habitantes.

Quizá sea yo quién no tiene claro hacia que lugar se encamina su vida, pero muchas veces me pregunto cuándo parará esto. La sensación de vagabundear por las calles y verme envuelta de caras dopadas por la sobresaturación, entes sin ambición que repiten sistemáticamente cualquier información que vomiten sobre sus cráneos. Me pregunto cuantos de los que hay ahí fuera viven subestimando al esfuerzo, a la satisfacción que supone tener oportunidades y acciones que logren delimitar nuestras siluetas interiores. ¿Por qué hablamos de libertad sin tener idea, ganas o respeto por entenderla? ¿A dónde estamos yendo?

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