El día que volví a escribirte.

“Ya no me escribes.”

No sé cómo explicarte que lo hago cada día cuando te pienso. He escrito tantas historias a lo largo de todo este tiempo que siento que si vuelvo a coger el bolígrafo y dibujarte en las palabras serás tan inalcanzable como las fantasías que me monto en mi cabeza. Y no, quiero saber que eres real. Que estás ahí.

Antes, cada día, te escribía. Me deshacía aquí para ti, pero me has dado una valiosa lección en estos meses juntos: con silencios te sé decir más que dando voces.

Pero hoy quiero escribirte. Porque tú me lo has pedido y yo necesito verte feliz. Así de simple, sí. Porque por ti he dejado de arrastrar los pies en las sombras y me he vuelto un poquito más luz.

Pero aunque quiera, con todas mis fuerzas, reiterarme en que te amo, no sé como empezar a deshilachar tal verbo.

Podría describir tu (tierna y extraña) forma de dormir, pero entonces me faltarían versos, metáforas y adjetivos. Podría describirte sin mirarte. Decirte que me pierdo en ti cada vez que las yemas de mis dedos te recorren, confesarte que fue el hueco de tu clavícula en lo primero que me fijé cuando te tuve enfrente, pero tus ojos, que viven un pelín más arriba, empezarían a pedirme explicaciones del por qué no les nombro a ellos si tanto me gustan – y, sinceramente, creo que no hay mirada alguna capaz de hacer justicia a la tuya, motivo por el que no soy capaz de escribir todo lo que veo en ellos-.

Tus manos. Tus manos que guardan el mapa, pero también el tesoro, la isla, la bandera y anclan al barco igual que a mí.

Tus formas – múltiples – de sacarme de quicio, que me quitan la razón cuando creo (y debería) tenerla. Tus idas y venidas, tus evasivas, tu forma tan humana de hacerme feliz a golpe de elocuencia. Y a la mierda mi orientación. Creo que por eso me dejé guía.

A veces me pregunto como sería ser otra persona, saber si también me hubiera enamorado de ti. A pesar de no tener las mismas heridas y cicatrices. Y yo creo que sí, que te querré hasta cuando tú no me quieras.

Soy como un planeta enamorado del Sol. Como un satélite a la deriva volviendo a casa.

Ojalá fuera capaz de transmitir el tacto sedoso de tu pelo al enredarse mis dedos en él – cuando te dejas, claro -. Ojalá pudiese tan siquiera describir la sensación de acariciarte y ver como se te eriza la piel. El placer de quedarme abrazada a tu espalda con las pupilas, el suave tacto de tus huesos marcados calando hasta el tuétano de los míos.

Dices que tengo talento para esto. Yo no lo creo. Si lo tuviera, sería capaz de hablar de ti sin que me tiemble el estómago; te diría que cuando me miras con el ceño fruncido soy más yo que nunca, que viene a ser jodida y loca por todos tus gestos.

No sabría hablar de tu nuca, de tu toma de tierra, de mordernos los labios, de cuando me pides perdón porque soy “demasiado sensible para todo ésto”, de todos tus silencios en los que tantas cosas me has dicho.

No te sabría explicar qué ni cuándo ni cómo. Ni de lo que sentí cuando llegaste, te armaste en forma de luz tenue, abrazos y besos y me dijiste las dos palabras que han movido mis latidos, mis ganas y mi ser desde entonces.

Yo también te quiero. Te quiero.
Perdóname por no escribirte antes, pero ya lo has visto, jamás seré capaz de escribirte de qué modo ni hasta qué punto.
Para eso ya está tenerte en frente,
y amarte,
dejando la lírica a un lado.
Que desde que estás,
no me entristece mi ‘mala suerte’, la vida la envidia.

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La historia de un vaivén de miradas.

Me encantaría hablar de mirarte a los ojos, de ese momento en que estalla todo y permanezco quieta, clavada, mirando el punto ciego de tu mirar, corriéndome en los vértices, profundizando tus matices.

Me encantaría hablar de esas miradas que hacen el amor, se devoran, que se buscan a tientas en la penumbra, que se succionan, que enamoran, que embelesan.

Me encantaría hablar de los ojos que te tocan a ciegas y encuentra el punto G exacto de tu visión, provocándote convulsiones hasta en las pupilas.

Me encantaría hablar de ojos transparentes, que se desnudan poco a poco y te sorprenden, como si jamás en tu vida hubieras visto un desnudo, ayudándote a entender, a aceptar, que el resto del mundo ha sido incapaz de desearte así, de quererte así, de mirarte así.

Y es entonces cuando lo sabes, te pasas la vida sin querer mirar a otro lado.

Untitled

Te quiero.
Fíjate, con la de gente que hay en el mundo.
Con lo complicado que es encontrarse entre tanto tedio.
Te quiero por cómo eres y no por cómo opinas, qué llevas, qué tienes o qué no
y mira que es difícil gustar siendo uno mismo.

Pero, mira, me gusta tu manera de usar los emoticonos, por ejemplo.
Serpiente, carita enseñando dientes, corazón morado.
Esa forma de combinar y romper lo predeterminado para y por mí, haciendo que cualquier lugar común sea como una especie de secreto.

Te quiero.

Y por eso te lo digo.

Porque nunca diré algo que no siento.

Porque no sé callarme lo bonito.

Porque no puedo, y si te soy sincera, no quiero.

Te parecerá extraño aún después de habertelo dicho en tantas ocasiones, pero yo ya sentía cosas las primeras tres veces que nos vimos después de.

No eran cosas relacionadas con una cama sino cosas que me arrancaron de la rutina. Y cuando te conocí no tenía que pensar en mí ni en lo correcto ni en las elecciones.

Te quiero.

Y por eso me gustaría dormir abrazada a ti. Y en mitad de la noche, no sé, un calentón tonto y reírnos los dos.

Te parecerá extraño, pero sé que voy a hacerlo siempre. Quererte, digo.

Y, la verdad, no sé que hacer con ello.

Tal vez pinte una pared.
O haga una tarta.
O salga a pasear y fotografíar atardeceres.
O escribir.

Sí, escribiría hasta hacerte imaginarlo,
pero para entonces, seguramente, ya te estaría queriendo un poco más.

Home.

Para Morado,
el color de mi vida. 

 

Bienvenida a casa, me dice tu voz desde lo hondo de tu pecho. Aprieto mis párpados e inhalo tu olor hasta quedarme ciega y comenzar a ver fluorescentes de todos los colores antes de despertar de tu abrazo. Te dibujo en mi mente ascendiendo hasta tocar la galaxia con la punta de tus dedos y temo por un momento no alcanzar la altura mínima para que me lleves contigo, pero me recuerdas, entonces, que dentro de nuestras cabezas hemos creado un cosmos que nada tiene que envidiarle al que nos atrapa ahora. Un mundo que enseñarle al mundo – bendita redundancia -, pero del que tan sólo tú y yo tenemos copia de la llave.

En el centro, un castillo monumental, de naipe sólido y estalactitas espaciales. En pleno valle, ya sabes, cobijado a la sombra de unos ancestrales árboles de fruta y hoja azul. Y entonces, sonríes, y Pálida y Astro Rey se unen a la danza de tu boca y se abrazan hasta que, entre los tres, conseguís secar la tinta de mi bolígrafo y agotar mis palabras hasta enmudecer.

Me preguntas como quiero decorar nuestras cuatro paredes y a pesar de que te acabo de regalar mis cuerdas vocales, todavía conservo mis manos, así que te pinto un vacío para poder amarte en todas, hasta en los ángulos. Quiero congelar el tiempo, entonces, y trazar una bonita bóveda celeste en el techo donde poner a dormitar mis huesos mientras mi alma sale a pasear por los semáforos y vuelve justo a tiempo para besarte en el desayuno, a recostarse en el hueco que has dejado y hacerme diminuta en una cama que se queda enorme, entretanto tú enroscas la bombilla que da luz a todo el planeta y me agiganto orgullosa de la edificación que hemos parido juntos.

Así es como volví a dibujarte en mis recodos internos, cómo un haz purpuréo que recorre el cielo fugaz y me siento, al fin, en casa, bajo todas tus estrellas.

Semáforos.

Me gusta salir de casa con una secuencia tuya en mi cabeza,
atravesar la ciudad con los ojos cerrados, a voluntad,
escuchando en repeat una canción cualquiera y notar que soy una luz
que podría atravesar los coches, los muros y la mayoría de almas,
mientras se pixela la imagen mental
en rojo, verde o ámbar,
colores que vibran, eléctricos, bajo mis ojos apretados
mientras que me pierdo, contigo, en una risa muda, entre los claxones,
las luces largas que me advierten
que sin ti,
sólo soy una sombra atropellada.

El lenguaje obsceno del amor.

Átame a los pies de tu cama, dame de comer solamente de tu mano. Enséñame algo que duela más que el olvido. Ponte la camisa de los sábados cualquier día y déjame oír como te marchas. No vuelvas hasta mañana y que tu ausencia sea también la falta de mí misma.

Hazme promesas, háblame de hipotecas, de columpios, de noches de pijama y sofá, de besarnos hasta las tantas de los tontos, de dietas absurdas ricas en fibra y yo, yo te hablaré de aquel Octubre frío en el que mis padres me llevaron a Eurodisney y que nunca más, después de aquello, he vuelto a sentirme princesa hasta que tú me llamaste reina.

Abofetéame, traza un camino de lunares de tu cuello a la espalda para que arañe mil constelaciones. Sigue un laberinto de pecas con tu boca hasta mi coño y déjame perderme a mi manera. Hazme ladrar, súbeme la falda hasta las nubes y bájame las bragas hasta el infierno. Mánchate los dedos con mis orgasmos y házmelos lamer, como si mi deseo no conociese de anatomía – y no lo hace – porque mi boca ya no conoce lugar mejor para besar que tu boca, porque no existe la palabra “límite”.

Secuestra a mis palabras, pide un rescate imposible, mata a mis musas,
a todas,
métete dentro del espejo del baño, que solo en tus ojos se aguanta mi mirada.
Exígeme más postdatas de piel, que mi garganta no sepa decir tu nombre sino te amo.

Azótame, hazme poeta de nuevo, duéleme más dentro, más intenso, ámame profundo, menos dócil y déseame como nunca, para siempre. No perdones mis errores, llévame de la mano, róbame el espacio, los minutos, clava tus colmillos en mi pecho y que cada paso que te alejes sea una herida más.

Y no me quieras todavía,
ámame mientras tanto.

Azfizia, con z.

Asfixiarme es alejarme de tu boca.
Suena horrible pero así es la incercia cuando estoy sin ti.

También puedo decirte cómo es el cielo, aunque me lleven la contraria los guiris que piensan que “vacaciones” es sinónimo de “vivir”.
JÁ, como si hubieran estado contigo.
Como si el azul del cielo, lo profundo del océnao o dos niños jugando a saltar las olas se pudiesen comparar a verte sonreír después de robarte un beso.

Respirar lejos de tu boca es insultar al mismo viento.
Respirar lejos de tu cuello es como soplar las velas de cada año que no pasé contigo
– como descumplir todos los deseos de golpe -.
Horrible, como toser en un suspiro.

Entonces, cuando te tengo cerca,
vuelvo a respirar,
respirar de verdad,
aunque me falte el aire.