Lección de vida #4

Últimamente me siento frente a la pantalla a demonizar mis experiencias. Desahogar en unas líneas todo lo que me está pudiendo por dentro; muchas veces no lo consigo porque soy incapaz de dejar atrás la fe que me incita a creer en las personas y aplaco a todas las musas que, frenéticamente, me recorren porque siento que no merece la pena malgastar el tiempo en abrir unas cuantas mentes apoltronadas tras sus muros. En este invierno, más frío de lo que me gustaría admitir, el viento golpea fuerte en las ventanas, dando vuelo a esta sensación de desasosiego que empieza a pesar como una roca fría, doliente, sobre mi espalda. Y es que cada día me cuesta más lidiar con el mundo y sus habitantes.

Quizá sea yo quién no tiene claro hacia que lugar se encamina su vida, pero muchas veces me pregunto cuándo parará esto. La sensación de vagabundear por las calles y verme envuelta de caras dopadas por la sobresaturación, entes sin ambición que repiten sistemáticamente cualquier información que vomiten sobre sus cráneos. Me pregunto cuantos de los que hay ahí fuera viven subestimando al esfuerzo, a la satisfacción que supone tener oportunidades y acciones que logren delimitar nuestras siluetas interiores. ¿Por qué hablamos de libertad sin tener idea, ganas o respeto por entenderla? ¿A dónde estamos yendo?

Lección de vida #3 { oda al amor propio }

Fuera hace frío, la calefacción está en marcha; diría que es exagerada la temperatura a la que la han puesto, lo noto porque me resbalo por el sofá de cuero, pero no me quejo, no se está del todo mal. Alcanzo el mando que han dejado a unos centímetros de mí, la televisión está a mi entera disposición, pero al ver aquel cacharro diminuto entre mis manos me doy cuenta de que no es eso lo que precisamente me apetece, así que lo lanzo a la otra punta de mi confortable asiento y adquiero una posición india. A mi al rededor enormes palacetes repletos de libros se me vienen encima y sonrío al pensar que no soy la única que tiene problemas de “espacio literario”.

Estoy sola en casa, supongo que habrán salido a por la cena y estarán al caer así que mientras espero me limito a pasear mis pies desnudos por el parqué caliente, ojeando títulos de ejemplares clásicos y curioseando las distintas variedades de tomos de Medicina General. Me asomo a la ventana. Estoy en un octavo y me acojonan las vistas – para bien y para mal -, me entra una sensación de vertigo que me tira para atrás, en el espejo que hay justo en frente veo reflejada mi cara de pánico y me echo a reír. Sigo deámbulando hasta que se me ocurre una idea, corro a por mi cascado portatil y enciendo el Spotify, voy directa a Favoritos y selecciono la opción de Reproducir aleatoriamente. A ver que me depara hoy la música, me noto valiente.

Muevo el culo al ritmo de Whiskey in the Jar y me burlo con ello de todos los que dicen que con Metallica solo se puede mover la cabeza. No, señores. Mi mundo no está hecho para que me digan como tengo que ser feliz. Me estoy montando un concierto a pleno pulmón que ni Freddie Mercury en sus mejores días. Hoy hasta la música está generosa. Me calmo después de pensar que se me está yendo totalmente la cabeza y preguntarme siete veces seguidas que qué hago un lunes a las nueve de la noche bailando canciones inbailables, pero es que me siento bien y ¿por qué coño me tengo que dar explicaciones?

Parece que Spotify se ha aliado con mi mente hoy y ha notado que ya estaba un poquito más sosegada, le ha cedido el turno a Just Breathe. A juego, me he tirado en el sofá y he cerrado los ojos para que todos los sentimientos que me causa esa canción salgan hacia fuera. La primera vez que la escuché me había dado cuenta de que me estaba enfrentando a un bonito y nuevo acontecimiento en mi vida: me había enamorado. Y ahora, meses más tarde, me ha recordado una vez más por qué. Lo fácil, lo sencillo y lo hermoso de un pequeño detalle tan simple como respirar junto a la persona que quieres. Stay with me, oooooh oooooh – aquí pego un desafine muy bello -, leeeeets juuuuust breeeeeeathe. Una oda, de nuevo, a la felicidad – aunque esta sea más en conjunto, pero ya me entendéis -.

Entonces, oigo las llaves girando en la cerradura y pauso la música, cierro el ordenador y vuelvo a sentarme en el sofá. Estoy sonriendo. Nunca en mi vida me había sentido tan afortunada como en aquel momento. Por ser yo. Por ser como soy. Porque hay personas que me quieren tal cual. Porque hay otras que no lo hacen, y me alegro. Por lo que tengo. Por lo que no. Por lo que me han dado, quitado o se ha ido de mi lado. “¿Cómo te encuentras?” me preguntan.

Mejor que nunca.

Lección de vida #2.

Caían cenizas de un cielo rojo de verano. Apuraba el tabaco en su pipa mientras un viento de bochorno , de esos que arrastra el calor desde el suelo hasta el alma, le hacía compañía en el balcón. Hacía años que había perdido la sensibildad en las manos pero aún se empeñaba en acariciar los pétalos secos que coronaban un mustío rosal; en la otra mano sostenía un whisky on the rocks al que daba vueltas mientras una sonrisa vacía se perdía entre los simétricos bloques helados. Yo le miraba desde el umbral de la puerta e imaginaba a Sabina y me preguntaba cuantas noches le quedarían a él para volver a recordar.

Se quedaba ahí, quieto, observando la calle desde la décima altura aún teniendo vértigo. Memorizaba el color de cada vehículo, se inventaba historias sobre los viandantes que veía desde su escondrijo y no tuve jamás el valor de decirle que no conoció a ninguna de aquellas personas. Supongo que, en el fondo, yo también era partidaria de conformar una realidad que se ajustase a mis ojos.

Un día, recuerdo, íbamos en un autobús repleto de gente y el reloj marcaba las diez y cuarto de la mañana. Él siempre decía que al mercado había que ir pronto porque sino siempre se llevaban los mejores atunes y acabamos comprando de todo menos pescado, porque ¿para qué quería él pescado si su memoria ya no se podía arreglar? Me entristecí al observar como su mirada se iba y venía, me agarraba la mano para que no me perdiese pero ambos sabíamos que lo que él temía era no llegar a encontrarse.

La última vez que le vi apenas recordaba mi nombre pero siempre conseguía sorprenderme. Sus ojos tristes enmarcados por unas languidas ojeras jugaban al desconcierto al son que sus sanas palabras. No le volví a ver nunca más.

“Me gusta no recordar absolutamente nada, así no me acuerdo de a qué tuve miedo alguna vez.”

Lección de vida #1

Querer debe ser algo así como correr detrás del autobús que ya has perdido o como un cáncer que te gana. La frutería árabe de la esquina abierta a deshora. O lo mendigos que duermen en las sucursales bancarias, riéndose ironías por no llorarlas.

Querer debe ser algo así como tu mirada cambiando de estación o verse perdida pero llegando a tiempo. Ver las resacas caer por tu nombre mientras las arterias mueren de sueño o subir al noveno piso del vértigo y estrellarse al vacío de tus ecos.

Querer debe ser algo así como no saber que poner en Facebook cuando te pregunta por tus recuerdos favoritos o conducir con la radio apagada por escucharte como un postdata. Tumbarse a esperar en el fondo de un vaso roto o tragarse el pánico en la incertidumbre de una realidad pausada.

Querer debe ser algo así como el lirismo de un domingo, la falta de sueño o el exceso de palabras. Atravesar la ciudad en bicicleta, pedaleando contra los semáforos. Estrellarse con unas lagrimas inexplicables con la seguridad de atreverse a atravesarte algún día.

Querer debe ser algo así como inventarse que existes para darle coherencia a una realidad ebria o buscarte hasta enterrar en tu pecho un futuro cirrótico y hecho jirones. La acumulación de folletos de comida a domicilio que te invita al hambre o el brindis de lluvia con sabor a olvido.

Querer debe ser algo así como matarse de miedo o morirse de risa, que Twitter te pregunte en que piensas y solamente imaginar el puñal de unos ojos huecos.

Querer debe ser algo así como una herida abierta y un mundo en el que, si me miras, no sangra.