Lección de vida #3 { oda al amor propio }

Fuera hace frío, la calefacción está en marcha; diría que es exagerada la temperatura a la que la han puesto, lo noto porque me resbalo por el sofá de cuero, pero no me quejo, no se está del todo mal. Alcanzo el mando que han dejado a unos centímetros de mí, la televisión está a mi entera disposición, pero al ver aquel cacharro diminuto entre mis manos me doy cuenta de que no es eso lo que precisamente me apetece, así que lo lanzo a la otra punta de mi confortable asiento y adquiero una posición india. A mi al rededor enormes palacetes repletos de libros se me vienen encima y sonrío al pensar que no soy la única que tiene problemas de “espacio literario”.

Estoy sola en casa, supongo que habrán salido a por la cena y estarán al caer así que mientras espero me limito a pasear mis pies desnudos por el parqué caliente, ojeando títulos de ejemplares clásicos y curioseando las distintas variedades de tomos de Medicina General. Me asomo a la ventana. Estoy en un octavo y me acojonan las vistas – para bien y para mal -, me entra una sensación de vertigo que me tira para atrás, en el espejo que hay justo en frente veo reflejada mi cara de pánico y me echo a reír. Sigo deámbulando hasta que se me ocurre una idea, corro a por mi cascado portatil y enciendo el Spotify, voy directa a Favoritos y selecciono la opción de Reproducir aleatoriamente. A ver que me depara hoy la música, me noto valiente.

Muevo el culo al ritmo de Whiskey in the Jar y me burlo con ello de todos los que dicen que con Metallica solo se puede mover la cabeza. No, señores. Mi mundo no está hecho para que me digan como tengo que ser feliz. Me estoy montando un concierto a pleno pulmón que ni Freddie Mercury en sus mejores días. Hoy hasta la música está generosa. Me calmo después de pensar que se me está yendo totalmente la cabeza y preguntarme siete veces seguidas que qué hago un lunes a las nueve de la noche bailando canciones inbailables, pero es que me siento bien y ¿por qué coño me tengo que dar explicaciones?

Parece que Spotify se ha aliado con mi mente hoy y ha notado que ya estaba un poquito más sosegada, le ha cedido el turno a Just Breathe. A juego, me he tirado en el sofá y he cerrado los ojos para que todos los sentimientos que me causa esa canción salgan hacia fuera. La primera vez que la escuché me había dado cuenta de que me estaba enfrentando a un bonito y nuevo acontecimiento en mi vida: me había enamorado. Y ahora, meses más tarde, me ha recordado una vez más por qué. Lo fácil, lo sencillo y lo hermoso de un pequeño detalle tan simple como respirar junto a la persona que quieres. Stay with me, oooooh oooooh – aquí pego un desafine muy bello -, leeeeets juuuuust breeeeeeathe. Una oda, de nuevo, a la felicidad – aunque esta sea más en conjunto, pero ya me entendéis -.

Entonces, oigo las llaves girando en la cerradura y pauso la música, cierro el ordenador y vuelvo a sentarme en el sofá. Estoy sonriendo. Nunca en mi vida me había sentido tan afortunada como en aquel momento. Por ser yo. Por ser como soy. Porque hay personas que me quieren tal cual. Porque hay otras que no lo hacen, y me alegro. Por lo que tengo. Por lo que no. Por lo que me han dado, quitado o se ha ido de mi lado. “¿Cómo te encuentras?” me preguntan.

Mejor que nunca.

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Home.

Para Morado,
el color de mi vida. 

 

Bienvenida a casa, me dice tu voz desde lo hondo de tu pecho. Aprieto mis párpados e inhalo tu olor hasta quedarme ciega y comenzar a ver fluorescentes de todos los colores antes de despertar de tu abrazo. Te dibujo en mi mente ascendiendo hasta tocar la galaxia con la punta de tus dedos y temo por un momento no alcanzar la altura mínima para que me lleves contigo, pero me recuerdas, entonces, que dentro de nuestras cabezas hemos creado un cosmos que nada tiene que envidiarle al que nos atrapa ahora. Un mundo que enseñarle al mundo – bendita redundancia -, pero del que tan sólo tú y yo tenemos copia de la llave.

En el centro, un castillo monumental, de naipe sólido y estalactitas espaciales. En pleno valle, ya sabes, cobijado a la sombra de unos ancestrales árboles de fruta y hoja azul. Y entonces, sonríes, y Pálida y Astro Rey se unen a la danza de tu boca y se abrazan hasta que, entre los tres, conseguís secar la tinta de mi bolígrafo y agotar mis palabras hasta enmudecer.

Me preguntas como quiero decorar nuestras cuatro paredes y a pesar de que te acabo de regalar mis cuerdas vocales, todavía conservo mis manos, así que te pinto un vacío para poder amarte en todas, hasta en los ángulos. Quiero congelar el tiempo, entonces, y trazar una bonita bóveda celeste en el techo donde poner a dormitar mis huesos mientras mi alma sale a pasear por los semáforos y vuelve justo a tiempo para besarte en el desayuno, a recostarse en el hueco que has dejado y hacerme diminuta en una cama que se queda enorme, entretanto tú enroscas la bombilla que da luz a todo el planeta y me agiganto orgullosa de la edificación que hemos parido juntos.

Así es como volví a dibujarte en mis recodos internos, cómo un haz purpuréo que recorre el cielo fugaz y me siento, al fin, en casa, bajo todas tus estrellas.

Semáforos.

Me gusta salir de casa con una secuencia tuya en mi cabeza,
atravesar la ciudad con los ojos cerrados, a voluntad,
escuchando en repeat una canción cualquiera y notar que soy una luz
que podría atravesar los coches, los muros y la mayoría de almas,
mientras se pixela la imagen mental
en rojo, verde o ámbar,
colores que vibran, eléctricos, bajo mis ojos apretados
mientras que me pierdo, contigo, en una risa muda, entre los claxones,
las luces largas que me advierten
que sin ti,
sólo soy una sombra atropellada.

El lenguaje obsceno del amor.

Átame a los pies de tu cama, dame de comer solamente de tu mano. Enséñame algo que duela más que el olvido. Ponte la camisa de los sábados cualquier día y déjame oír como te marchas. No vuelvas hasta mañana y que tu ausencia sea también la falta de mí misma.

Hazme promesas, háblame de hipotecas, de columpios, de noches de pijama y sofá, de besarnos hasta las tantas de los tontos, de dietas absurdas ricas en fibra y yo, yo te hablaré de aquel Octubre frío en el que mis padres me llevaron a Eurodisney y que nunca más, después de aquello, he vuelto a sentirme princesa hasta que tú me llamaste reina.

Abofetéame, traza un camino de lunares de tu cuello a la espalda para que arañe mil constelaciones. Sigue un laberinto de pecas con tu boca hasta mi coño y déjame perderme a mi manera. Hazme ladrar, súbeme la falda hasta las nubes y bájame las bragas hasta el infierno. Mánchate los dedos con mis orgasmos y házmelos lamer, como si mi deseo no conociese de anatomía – y no lo hace – porque mi boca ya no conoce lugar mejor para besar que tu boca, porque no existe la palabra “límite”.

Secuestra a mis palabras, pide un rescate imposible, mata a mis musas,
a todas,
métete dentro del espejo del baño, que solo en tus ojos se aguanta mi mirada.
Exígeme más postdatas de piel, que mi garganta no sepa decir tu nombre sino te amo.

Azótame, hazme poeta de nuevo, duéleme más dentro, más intenso, ámame profundo, menos dócil y déseame como nunca, para siempre. No perdones mis errores, llévame de la mano, róbame el espacio, los minutos, clava tus colmillos en mi pecho y que cada paso que te alejes sea una herida más.

Y no me quieras todavía,
ámame mientras tanto.

Azfizia, con z.

Asfixiarme es alejarme de tu boca.
Suena horrible pero así es la incercia cuando estoy sin ti.

También puedo decirte cómo es el cielo, aunque me lleven la contraria los guiris que piensan que “vacaciones” es sinónimo de “vivir”.
JÁ, como si hubieran estado contigo.
Como si el azul del cielo, lo profundo del océnao o dos niños jugando a saltar las olas se pudiesen comparar a verte sonreír después de robarte un beso.

Respirar lejos de tu boca es insultar al mismo viento.
Respirar lejos de tu cuello es como soplar las velas de cada año que no pasé contigo
– como descumplir todos los deseos de golpe -.
Horrible, como toser en un suspiro.

Entonces, cuando te tengo cerca,
vuelvo a respirar,
respirar de verdad,
aunque me falte el aire.

y de repente, tú.

Nos conocimos
a las 21:37 de la noche
o, al menos, eso marcaba
el reloj de la parada.

llevabas máscara
y yo fingía no mirarte,
no morirme por ver tus ojos,
de cerca.

Y me da igual, ahora
si te inventas la mayoría (todas)
de las letras de las canciones
– incluso me gusta –

Y, ahora, después de la primera noche,
de tenerte en todos los portales
y de que la luna se instale en mi pecho;

después de mis caras absurdas,
del corazón que latió ocho veces
por cada ocho segundos,
sé que he vuelto a ese día
(todos los días)
y te he mirado a los ojos, de cerca,
y creo que nunca había sido
tan feliz.

Día uno después de.

El sonido de una ambulancia atraviesa el alba. Y no sé si se acerca o se aleja. No sé si estoy de fiesta y me recogen de mi realidad etílica o si la he oído pasar dirección catástrofe.

Nos despedimos, al día siguiente madrugabas. Sonaba “Creep” de Radiohead desde el balcón en penumbra que coronaba mi acera. Yo garabateaba algunos versos sobre un papel arrugado. Decidí quedarme escribiendo hasta que se apagasen las farolas de mi Septiembre extraño. Me tomé la eterna penúltima cerveza para celebrar en soledad haberte encontrado.

La caligrafía no tenía ni un rasguño de rabia.

Entonces, volviste y el balcón bajó la persiana. Sonreí.